Ser mujer hoy es el resultado de muchas que vinieron antes. Mujeres que levantaron la voz, que dijeron basta, que soñaron con un futuro más justo y lo pelearon. Gracias a ellas, hemos avanzado. Gracias a nosotras, seguimos avanzando.
Hemos conquistado derechos que antes parecían imposibles: votar, estudiar, decidir sobre nuestro cuerpo, ocupar espacios de poder. Cada paso ha sido ganado con esfuerzo y rebeldía. Hoy estamos más presentes que nunca en la ciencia, la política, la cultura, el emprendimiento… pero también sabemos que aún no somos suficientes.
Aunque nos hemos abierto camino, todavía hay techos que romper y barreras que derribar. La brecha salarial sigue siendo real, el acceso igualitario al trabajo y a las oportunidades no es universal, y la discriminación por edad o género está muy lejos de desaparecer.
Y sí, duele saber que muchas mujeres siguen viviendo con miedo, porque la violencia machista aún no ha sido erradicada. La libertad de ser, de vestirnos como queremos, de expresarnos sin miedo al juicio o al acoso, sigue siendo un lujo que no todas pueden permitirse.

No podemos normalizarlo. No podemos dejar que el cansancio nos gane. Porque si nos rendimos, se detiene el cambio. Y el cambio, aunque lento, es imparable cuando lo empujamos juntas.
Empoderarnos no es una moda, es una necesidad.
Luchar por nuestros derechos, visibilizarnos, apoyarnos entre nosotras… es el único camino hacia una sociedad más justa. Y cada acción cuenta: desde educar a nuestras hijas e hijos en igualdad, hasta cuestionar los micromachismos diarios o apoyar a otras mujeres en sus caminos personales y profesionales.
No se trata solo de un día al año. No se trata solo de pancartas. Se trata de construir, cada día, un mundo donde ninguna mujer se sienta menos por ser quien es.
No somos invisibles. No estamos en pausa. Somos imparables.