Mujer bebiendo un café junto a un árbol en otoño

Septiembre sin prisa: 10 pequeños placeres que cambian el ánimo

Septiembre siempre llega con una energía rara. No es como enero, que huele a comienzo absoluto, ni como agosto, que invita a bajar todas las revoluciones. Es ese mes que parece decirnos: “venga, ponte las pilas, hay que volver a empezar”.

Durante mucho tiempo, para mí septiembre fue sinónimo de estrés disfrazado de ilusión: nuevas agendas, listas interminables de propósitos, promesas de una rutina perfecta que a los quince días ya se tambaleaba. Y claro, venía la frustración.

Hasta que un año decidí dar la vuelta al guion: en lugar de cargarme de metas, empecé a mirar los pequeños placeres que me sostenían. Gestos simples, casi invisibles, pero que cambiaban mi estado de ánimo más que cualquier plan de productividad.

Por eso hoy quiero compartir contigo mis 10 pequeños placeres de septiembre, para que tú también los adaptes y vivas este mes con menos presión y más calma.

1. Estrenar un cuaderno o agenda sin presión

No sé tú, pero a mí me encantan los cuadernos. El problema es que durante años los asocié a obligaciones: listas, tareas, metas que parecían inalcanzables.

Ahora los veo de otra manera: un cuaderno nuevo en septiembre no tiene por qué significar organizar toda mi vida. Puede ser simplemente un espacio para anotar frases bonitas que leo, listas de cosas que me hacen feliz o incluso garabatos mientras hablo por teléfono.

El verdadero placer está en la primera página en blanco, porque es un recordatorio de que puedo escribir mi historia sin exigencias, a mi ritmo.

Tip rebelde: ten dos libretas. Una “seria” para lo imprescindible y otra “libre” donde escribir lo que se te ocurra. Verás cómo baja la presión.

2. Volver a la fruta de temporada

Septiembre tiene un sabor especial: uvas dulces, higos, granadas, membrillos. Son frutas que no duran todo el año y que saben a transición, a cambio de estación.

A veces me preparo un yogur con granada y miel y me parece un postre de lujo. O una tostada con queso fresco e higos, que convierte un desayuno corriente en un regalo.

La fruta de temporada me recuerda que hay momentos para todo. Igual que la naturaleza marca sus ritmos, yo también puedo respetar mis tiempos en lugar de exigirme estar siempre al máximo.


3. Estrenar pijama o ropa de estar en casa

Pocas cosas me reconcilian tanto con septiembre como la sensación de ponerme un pijama suave, recién estrenado. Esa ropa de estar en casa que te hace sentir acogida, como si el propio cuerpo te abrazara.

Y no hablo de gastar en exceso, sino de elegir una prenda cómoda y bonita que te recuerde que el hogar es un refugio. A veces es un pantalón de algodón, a veces una bata ligera, a veces unas zapatillas mullidas.

Pequeños placeres que convierten la rutina en un mimo silencioso.

4. Paseos al atardecer

En verano, los días son largos, pero hace demasiado calor. En invierno, anochece demasiado pronto. Septiembre es el punto intermedio: tardes templadas que invitan a salir.

Un paseo al atardecer no es solo ejercicio físico: es una meditación en movimiento. Mientras camino, veo cómo el cielo cambia de color, escucho las hojas secas crujir y dejo que mis pensamientos se acomoden solos.

A veces voy sola y me sirve para ordenar ideas. Otras veces me acompaña alguien y ese rato se convierte en una conversación más íntima que cualquier charla en el sofá.

Tip práctico: si trabajas desde casa, programa un paseo a las 19h como si fuera una cita. Verás cómo cambia la forma de cerrar el día.


5. Una playlist de regreso

La música tiene un poder increíble para cambiar el ánimo. Siempre que llega septiembre, creo una playlist nueva con canciones que me inspiran para arrancar el curso.

No hace falta que sean muchas: diez o quince temas que me hagan bailar mientras recojo, cantar mientras cocino o simplemente sonreír en el coche.

Cuando la rutina amenaza con volverse gris, pongo esa lista y siento un chute instantáneo de energía. Es como tener un botón de reset emocional en el bolsillo.

6. Encender una vela por la tarde

El verano huele a luz natural y ventanas abiertas. Septiembre me pide velas. Encender una al final del día es más que decoración: es un gesto que marca el cambio de ritmo.

No necesito excusas. Puedo hacerlo mientras leo, mientras ceno o mientras simplemente me tumbo a descansar. El parpadeo de la llama me recuerda que el hogar no es solo un lugar donde dormir: es un espacio que me cuida.


7. Cocinar una receta lenta

En julio y agosto todo es rápido: ensaladas, fruta, bocadillos improvisados. En septiembre me apetece recuperar el placer de cocinar algo con calma: una crema de calabaza, un guiso suave, una tarta casera.

Lo disfruto no solo por el sabor, sino por el proceso: cortar verduras sin prisa, oler cómo la casa se llena de aromas cálidos, probar un poco de salsa con la cuchara de madera.

La cocina lenta es un recordatorio de que no todo tiene que ser inmediato. De que esperar también puede ser placentero.

8. Reorganizar un rincón de la casa

No hablo de una limpieza épica ni de ordenar toda la casa como si fuera un reality de Netflix. Basta con elegir un rincón: una estantería, la mesilla, el escritorio.

Mover un par de cosas, poner una planta, sacar lo que ya no me aporta… esos gestos pequeños cambian mi percepción del espacio.

Cada septiembre reorganizo mi rincón de trabajo. No invierto más de media hora, pero la sensación de frescura me motiva como si hubiera redecorado la casa entera.

9. Leer 10 minutos al día

Leer es uno de mis placeres favoritos, pero durante mucho tiempo lo convertí en obligación: quería leer más, mejor, “los libros que debía”. Resultado: abandonaba lecturas y me frustraba.

Hasta que decidí que bastaba con 10 minutos al día. No importa si avanzo poco; lo importante es que cada día me regalo ese rato.

Puede ser una novela, un ensayo breve, un relato o incluso poesía. Lo importante es entrar en otra voz, desconectar del ruido y reconectar conmigo.

Tip práctico: deja un libro en la mesilla y otro en el bolso. Así siempre tienes una opción a mano.

10. Una cita conmigo misma

El placer más grande de septiembre es reservarme un rato solo para mí. No tiene que ser nada complicado: un café en soledad, una película que disfruto, una tarde de mimos, un baño largo, o simplemente sentarme a mirar por la ventana sin hacer nada.

En un mundo que nos empuja a estar siempre ocupadas, agendar un momento propio es un acto de rebeldía. Un recordatorio de que no soy solo mis responsabilidades, también soy alguien que merece espacio y cuidado.

Podría haber hecho una lista de grandes propósitos para septiembre. Pero la experiencia me dice que son estos pequeños placeres cotidianos los que realmente transforman el ánimo.

Encender una vela, ponerme un pijama nuevo, comer fruta de temporada o salir a caminar no van a cambiar el mundo. Pero cambian mi mundo interior, y eso ya es mucho.

Quizá el secreto de septiembre no está en hacer más, sino en hacer menos. Y sobre todo, en no dejar que el ruido nos robe la belleza de lo simple.

Cada persona tiene sus propios pequeños placeres, algunos de los míos son estos 10 que te he compartido. Tal vez algunos coincidan con los tuyos, o quizá te inspiren a descubrir otros nuevos. Lo importante no es la lista en sí, sino la idea de que septiembre no tiene por qué ser un sprint.

Podemos vivirlo como un mes amable, lleno de gestos cotidianos que nos recuerdan que la vida no necesita filtros ni metas imposibles para ser disfrutable.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *