Mujer trabajando

Edadismo: cuando los prejuicios tienen fecha de nacimiento.

¿Te has sentido alguna vez juzgada o infravalorada por tu edad?
A mí sí. Más veces de las que quisiera.

El edadismo —esa forma de discriminación basada en la edad— es real, cotidiana y, muchas veces, silenciosa. Aparece en gestos sutiles, miradas condescendientes o comentarios disfrazados de amabilidad. Pero deja huella. Porque cuestiona lo que somos, lo que sabemos, y lo que aún podemos llegar a ser.

Desde asumir que no sabemos usar un ordenador hasta descartarnos para un empleo solo por tener canas, el edadismo se ha colado en demasiadas esferas de la vida. Y lo peor: muchas veces ni siquiera se percibe como un problema.

Recuerdo una vez, en un Leroy Merlín. Me acerqué a una de esas cajas de autocobro y antes de que pudiera hacer nada, un empleado vino corriendo hacia mí:
“Tranquila señora, ya le ayudo yo”.
No me había visto hacer nada, simplemente asumió que yo no sabría manejarla.
Tuve que morderme la lengua para no responderle que yo programaba en MS-DOS cuando él todavía no sabía ni atarse los zapatos. Que mi primer ordenador fue un Amstrad y que sigo aprendiendo cada día.

Eso es el edadismo. Y no, no es un problema menor.
Nos afecta en lo profesional, en lo personal y en cómo nos vemos a nosotras mismas.
Cuando el mundo nos repite que somos “demasiado mayores” para esto o aquello, acabamos creyéndolo. Y eso es lo más peligroso: que nos limitemos solas por culpa de un prejuicio ajeno.

💥 Pero aquí estamos. Y no hemos caducado.

Tenemos mucho que aportar. Experiencia, creatividad, paciencia, perspectiva… y unas ganas tremendas de seguir aprendiendo y creciendo. La edad no nos resta, nos suma. Pero para que eso se entienda, necesitamos rebelarnos. No con gritos, sino con hechos. Mostrando al mundo que seguimos activas, presentes y muy vivas.

Mujer mayor en el trabajo.

¿Y los que nos juzgan? Que se detengan un momento a pensar cómo les gustaría ser tratados cuando tengan nuestra edad. Porque, con suerte, algún día estarán en nuestro lugar.

También tenemos que hacer autocrítica. Porque muchas veces hemos sido nosotras mismas las que hemos repetido frases como “ya no tengo edad para eso” o “eso es cosa de jóvenes”. El edadismo no solo viene de fuera: a veces lo llevamos dentro, incrustado por años de cultura que nos dice que la juventud es la cima… y todo lo demás, cuesta abajo. Es momento de dejar de pedir permiso y empezar a ocupar el espacio con la seguridad que da la experiencia.

Y lo más importante: no estamos solas. Cada vez somos más las que alzamos la voz, creamos comunidad y tejemos redes de apoyo entre mujeres que no se conforman con ser invisibles. La revolución silenciosa de la madurez ya está en marcha, y tú formas parte de ella.

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