Durante años, cuidé mi alimentación pensando solo en calorías, tallas o básculas. Comía «light», hacía dietas que prometían milagros y me miraba al espejo más con juicio que con cariño. Pero en ningún momento pensé que mi barriga —esa a la que tantas veces ignoré o maltraté— podía tener tanto que ver con mi estado de ánimo, mi energía y mi bienestar general.
No fue hasta que empecé a prestar atención a lo que comía de verdad, desde la salud y no desde la estética, que descubrí algo fascinante: la conexión entre el intestino y las emociones. Y créeme, una vez lo ves, ya no puedes desverlo.
El intestino: nuestro segundo cerebro
¿Sabías que en el sistema digestivo se encuentra una red neuronal tan compleja que se la llama el “segundo cerebro”? Se llama sistema nervioso entérico, y está formado por más de 100 millones de neuronas. Sí, has leído bien: ¡en los intestinos!
Pero eso no es todo: allí se produce cerca del 90% de la serotonina del cuerpo, la hormona relacionada con el placer, la calma, el sueño y el bienestar. Así que, cuando el intestino está inflamadito, desregulado o triste… tu ánimo también lo nota.
A mí me costó entenderlo. Durante mucho tiempo pensé que la pesadez, el cansancio constante o los cambios de humor eran cosa de la edad, las hormonas o el estrés. Pero cuando empecé a mejorar mi salud intestinal, empecé a sentirme mucho más clara, estable y animada.

Señales de que tu intestino pide ayuda
Estas fueron algunas pistas que me hizo darme cuenta de que mi sistema digestivo no estaba bien del todo:
- Digestiones pesadas casi a diario
- Hinchazón abdominal (ese famoso “parezco embarazada de 5 meses”)
- Mucho sueño después de comer
- Cambios de humor sin explicación aparente
- Dificultad para dormir
- Brotes de ansiedad o bajones emocionales
- Infecciones frecuentes o baja inmunidad
Tal vez tú también te hayas acostumbrado a alguna de estas sensaciones y pienses que “es lo normal”. Pero no, no lo es. Y lo mejor es que se puede mejorar, y mucho.
No, no es una moda: es una realidad científica
Cuando oí hablar por primera vez del “eje intestino-cerebro” pensé que era otra tendencia pasajera tipo “superfoods” o “detox de moda”. Pero cuando empecé a leer estudios, a escuchar a nutricionistas con base científica y a probar cambios simples en mi día a día… lo noté.
El eje intestino-cerebro es una conexión bidireccional: lo que pasa en tu cabeza afecta a tu intestino (por eso los nervios te revuelven el estómago), y lo que pasa en tu intestino afecta a tu estado mental (por eso, cuando tienes disbiosis intestinal, puedes tener ansiedad o tristeza sin causa evidente).
Mi primer paso: cambiar la intención
Antes de entrar en lo práctico, quiero decirte algo importante: el gran cambio fue mental, no solo nutricional. Dejé de pensar en la comida como enemiga o castigo, y empecé a verla como una forma de cuidarme, de nutrirme, de sostenerme.
Ya no como “para adelgazar”. Como para estar bien. Para tener energía. Para estar lúcida. Para dormir mejor. Para vivir con alegría y sin inflamación. Y esa nueva mirada lo cambió todo.

¿Qué hice para cuidar mi salud intestinal?
Te comparto algunos cambios clave que me han funcionado, siempre desde la experiencia personal y sin dogmas. Yo no soy nutricionista, pero sí una mujer que ha experimentado la diferencia.
1. Empecé a escuchar mi cuerpo
Puede sonar obvio, pero no lo es. Durante años ignoré señales como el hinchazón o el malestar postcomida. Ahora me fijo en cómo me sienta cada alimento. Y si algo me hace sentir mal, lo retiro o lo reduzco, sin dramas ni culpas.
2. Reduje ultraprocesados (no los eliminé del todo)
No soy extremista. Pero reconozco que comer menos productos empaquetados, azucarados o con ingredientes impronunciables ha sido una de las mejores decisiones. Cuando como más “de verdad” (frutas, verduras, legumbres, arroz, pescado…), me siento más ligera, con más energía y mejor humor.
3. Añadí alimentos fermentados y ricos en fibra
Incorporé:
- Kéfir natural (1 vaso al día)
- Yogur sin azúcar añadido
- Chucrut o kimchi (una cucharada en ensaladas o sopas)
- Legumbres bien cocidas
- Frutas y verduras de todos los colores
Mi intestino lo notó… y mi piel también.
4. Bebí más agua (y menos café)
Sé que parece básico, pero hidratarse de verdad hace maravillas en la digestión y el tránsito intestinal. Reduje el café a dos al día y sumé infusiones digestivas (hinojo, manzanilla, jengibre).
5. Me moví más (sin matarme)
El movimiento suave (caminar, yoga, estiramientos, bici) activa la digestión y mejora la motilidad intestinal. Y de paso, regula el ánimo. A veces basta con salir a andar 20 minutos para desbloquear cuerpo… y mente.
6. Dormí mejor
Una buena higiene del sueño es básica para regular todo el eje hormonal e intestinal. Para mí, apagar pantallas antes de dormir y establecer una rutina de sueño fue casi mágico.
¿Y los suplementos?
En mi caso, tomé durante unos meses un probiótico recomendado por mi médica funcional. No es para todo el mundo ni una solución mágica, pero puede ser un apoyo. También probé suplementos de magnesio y triptófano, que ayudaron en momentos de mucho cansancio mental.
Pero insisto: nunca empieces suplementos por tu cuenta. Siempre con asesoramiento profesional.
Bienestar emocional desde el plato (y más allá)
La conexión entre cómo comemos y cómo sentimos es muy real. No solo a nivel fisiológico, también a nivel simbólico. Comer con calma, con atención, sin culpa… es un acto de amor propio. Y eso también alimenta el alma.
Además, cuidar el intestino me ayudó a:
- Tener menos ansiedad
- Estar más estable emocionalmente
- Sentirme más conectada con mi cuerpo
- Dormir mejor
- Volver a disfrutar de la comida sin culpa
Y eso, en mi caso, fue revolucionario.

¿Y qué pasa con la edad?
Lo maravilloso es que nunca es tarde para empezar a cuidar tu salud intestinal. De hecho, cuanto antes lo hagas, mejor. En la menopausia, el sistema digestivo puede volverse más sensible. Por eso, adaptar la alimentación y respetar nuestros ritmos internos es una forma de empoderamiento.
No hace falta hacerlo perfecto. Basta con hacerlo consciente.
Conclusión: empieza por dentro, vive mejor por fuera
Cuidar tu salud intestinal no es solo una moda ni una obsesión. Es una forma de bienestar real, accesible y profunda. No se trata de contar calorías, ni de volverse extremista. Se trata de volver a escucharte, a elegir con intención, a respetar tus ritmos y a reconectar con tu cuerpo.
Y si notas que tu energía, tu estado de ánimo o tu digestión no están bien… tal vez la respuesta esté más cerca de tu ombligo de lo que pensabas.
¿Has sentido que tu digestión afecta a tu estado emocional? ¿Has probado algún cambio que te haya funcionado? Te leo en comentarios o por redes.
